miércoles, 15 de noviembre de 2017

Arquitectura del cómic (historias dibujadas)

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No resulta fácil retomar la literatura después de convivir unos días en la depurada prosa de Salter (1925-2015) –Todo lo que hay o La última noche, es un decir–. Ahí se comprende que recursos narrativos como las analogías, oxímoron, elipsis o los tiempos redoblan su potencial al ser utilizados en los momentos precisos, o sea, en su manejo. Casi todo está inventado, pero el estilo deviene en definitivo a la hora de narrar de modo diferente a la cotidianidad situaciones de las que se espera provocar sacudidas en el alma de quien lee.
En este vacío puede echarse mano de la abundante producción de narración gráfica actual. Y, aunque no se sea entendida/o (como es mi caso), sorprende ver un lenguaje similar a la hora de trazar paisajes urbanos en obras tan dispares como las de Doyagüe, Zapico o Canales. Me digo si será influencia de Angulema. En la versión que hace el primero de los cuentos de Gogol La nariz y El retrato (cuyo trazo de los personajes no termino de asimilar); en la sorprendente La balada del Norte del segundo (con dos álbumes hasta la fecha, dignos de ser tenidos en cuenta); y en Como viaja el agua del tercero (obra que emula las series de novela negra y social) aparecen esos edificios de las calles céntricas decimonónicas de San Petesburgo, Oviedo o Madrid, reconocibles en su trazo amable y señorial (evocador de París).
Para paliar esta mi ignorancia interpretativa de los tebeos, de vez en cuando echo mano de algún texto heurístico y, en esta ocasión, llama poderosamente mi atención la reciente obra de Enrique Bordes Cómic, arquitectura narrativa (2017), la cual se centra en los decorados de estas obras, dejando a un lado la estructura del cómic en sí. En su defensa, quede la cita de R. Töpffer (1799-1846), considerado el padre moderno del género, la cual refiere que «la historia dibujada, que los críticos miran con desdén y los académicos apenas perciben, ha tenido gran influencia en todos los tiempos, quizá más que la literatura escrita». Hoy ya no puede decirse lo mismo, según podemos ver en las ilustraciones de esta entrada, que provienen de Unflattening (2015), de Nick Sousanis, una tesis doctoral presentada en formato ilustrado en la Universidad de Harvard.

[Salud. A la espera de que renueven sus «historietas» quienes gobiernan la res publica].

jueves, 9 de noviembre de 2017

Elogio del teatro (y de su posible fracaso)

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Continúo atravesando con gusto El Parral camino del trabajo; el suelo persiste en extender el otoño, si bien cada vez va tomando más color de barbecho. Desde el cambio de hora reciente, con el resplandor de la fronda, a la 8 de la mañana se ve lo suficiente como para leer las primeras líneas del día. Llevo en el bolsillo un libro manejable, de tamaño similar al de un teléfono inteligente, con letra de cuerpo 4 (más o menos), perfectamente legible. Es de la editorial Continta metienes, asentada en Carabanchel, interesada en una mezcla curiosa: feminismo, artes escénicas y conocimiento. Se titula Elogio del teatro y anuncia que se trata de un diálogo –o conversación desenfadada a orillas del Ródano– de Alan Badiou con Nicolas Truong, surgida del encuentro público habido entre filósofo y periodista en el Festival de Aviñón en 212. (Aunque más bien sea un requerimiento del segundo al primero).
Lleva un adecuado prólogo de María Folguera (1984) con el título de «El pan, la luz y la pena», ya que considera que el teatro tiene esa inmanencia, ese apego en lo cotidiano que lo hace pan; al tiempo que tiende a iluminar aspectos incomprendidos o agresivos de nuestro hacer; y –qué decir– el día a día nos muestra el obstinado fracaso del diálogo entre el pan y la luz. También en los teatros, en los que se tiende a escarmentar el mensaje en sus mensajeros.
«Si eres de los que aman el teatro no llegarás a preguntarte [por qué necesita un elogio]: a los teatreros nos encanta situar en él el origen del mundo, de lo humano y de la invención de Dios, y por ello lo consideramos una víctima de la incomprensión de los mortales, que rara vez se sientan en una butaca del mismo», escribe la prologuista. (Ya Platón criticó en profundidad lo equivocado de su vibración y prefirió la filosofía; aunque –¡oh, ironías!– la escribió en forma de diálogos, que terminaron teatralizados).
No me siento capaz de condensar aquí las opiniones y propuestas del filósofo, dramaturgo y novelista Alain Badiou (1937), iniciado en la adolescencia en las tablas, él mismo actor en Los enredos de Scapin (de donde surgirá su Ahmed el sutil), con lo que comprendió que es un arte más de posibilidades que de ejecuciones (cerradas); es ese arte de hipótesis, ese temblor del pensamiento ante lo inexplicable, que, por muy vanguardista que se considere (y que tienda a la inmanencia-cuerpo-danza), no puede olvidar que cada obra en un pequeño velero en el mar de la inmensa producción mundial desde Esquilo a Castellucci, pasando por El alcalde de Zalamea, Rosas rojas para mí o El zapato de raso.

[Salud. A la espera de que la Vida deje sin entradas el teatro de quienes se divierten (‘desvían la atención’) en la res publica].

viernes, 3 de noviembre de 2017

Locura y Creación en esta "Litoral"

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mis admiradores creen que me he curado,
pero no, solo me he hecho poeta
(Anne Sexton)
¿Rozaban la locura Mishima o Pizarnick, al menos en algunos momentos? Sin duda que las relaciones entre demencia y literatura son variadas y cada caso puede diagnosticarse de manera propia en la multiplicidad de artistas que no escapan a los delirios. Por mi parte, me marean los ensayos dedicados al tema, pues suelo estar de acuerdo con todas las explicaciones que se dan, aun cuando resulten contradictorias. Es como si quedara atrapado en las palabras mismas, más allá del significado que les dan. Cómo no estar de acuerdo con Séneca cuando afirma que nullum magnum ingenium sine mixtura dementiae –‘no hay gran fuerza imaginativa sin mezcla de locura’– (asentado en el Problema XXX de Aristóteles, que reconoce un talante melancólico común, lo que alivia a Cicerón y ya «no me mortifica el hecho de ser algo lento de comprensión»).
Con suerte, se puede hojear en las bibliotecas la revista malagueña Litoral –incluso presumir de chifladura al comprar alguno de sus monográficos y despreciar la amortización de la hipoteca–. El del presente verano, el 263 –no en vano es una de nuestras revistas más longevas, iniciada en 1926–, se dedica a «La Locura. Arte & Creación», y despliega su acostumbrado tesoro de textos e ilustraciones en una mezcla tan atractiva y sugerente que te absorve durante sus 282 páginas. Incluye reflexiones sobre la enajenación, de Hipócrates a Lacan; relatos sobre manicomios –institución que traen los tiempos modernos del XVII; Gorj escribe: «¡Corría como un loco! Detrás de sí dejaba diez años de manicomio…»–, desde Chejov (ese delicioso Pabellón n.º 6) hasta Begoña Callejón; remedios para la amencia, de Hildegarda.
…para qué continuar. Decir que no falta un extravío de la razón ni esta alteridad ni aquella tempestad de las almas ni el canto del loco ni (claro) el elogio de la locura ni (pues que también habla la pintura) soñadores de la razón perdida art brut ni (cómo a alguien se le podía pasar por la cabeza) locura de amor ni (para cualquier final) el suicidio ni la muerte y yo (es decir, tú) ni un catálogo de (locos) objetos ni (quedarnos) escuchando la locura.
[Salud. A la espera de que la Vida saque del parvulario a quienes gobiernas la res publica].
[Ilustraciones: Andrea Kowch y My heart de Yayoy Kusama].

viernes, 27 de octubre de 2017

Mapas y fechas

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Con frecuencia echo de menos un par (literal) de detalles en los libros. Uno de ellos es consignar en lugar visible en la primera ojeada las fechas de nacimiento y (en su caso) muerte de quien lo escribe. No hace mucho (re)leí Miau de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y en todo el aparato documental que acompaña a la publicación, hecha en una conocida editorial, que incluye una extensa introducción, bibliografía, etc. no venían dichos datos y tuve que echar mano del buscador de internet (que todo el mundo tenemos en boca) para averiguarlo, lo que antes hacía en la enciclopedia de casa.

Y algo parecido me sucede con la ubicación geográfica donde se desarrolla la acción de determinadas obras, sean de ficción o de ensayo, en que echo en falta un mapa en que situarme. Escribo esto porque me he llevado una grata sorpresa al comenzar la reciente edición de la novela La partida de los músicos (2016), de Per Olov Enquist (1934), el escritor sueco que fuera guionista de Ingmar Bergman (1918-2007), situada en el golfo de Botnia, entre Finlandia y Suecia, que lleva el valor añadido de estar en color, con sus peces, renos, gaviotas y ballenas. (Seguramente dediquemos una entrada a la obra).
Hablando de mapas, he tenido durante una temporada de libro de mesilla de la chilena Francisca Mattéoli, de madre escocesa, Historias y relatos de mapas, cartas y planos. Esta mujer ha conocido el exilio, la inmigración, los cambios de país, los viajes de placer, los humanitarios o los viajes para escribir sus libros. El viaje como modo de vida. La visión que proyecta sobre los lugares de los que escribe le permite vivir de ello. Viajando ha aprendido «miles de cosas; aprendí que nadie tiene la verdadera respuesta y que hay mil formas diferentes de ver la vida y las cosas. Aprendí a ser humilde, a ser menos presuntuosa y mirar a la gente y al mundo con más atención». Pero que todo nace de la misma aspiración y las mismas capacidades.

[Salud. A la espera de que la Vida haga viajeros y no viajantes a quienes gobiernan la res publica].

sábado, 21 de octubre de 2017

Aniversario Burgostecario en el Día de las Bibliotecas

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Nadie vale más que tú,
pero tampoco nadie vale menos.
(proverbio de la Amazonía)
Los chopos han puesto amarillo el suelo de El Parral. La lluvia que anuncia el viento lo dejará brillante. Elijo unas hojas sin puntos negros ni bordes decaídos y las pongo entre las páginas de ¿Quién es Alexander Grothendieck?, de Winfried Scharlau. La verdad es que lo que me gustaría es coger las que han caído de las dos moreras que están junto a la casa del antiguo albergue, en el centro del parque, pero tendría que abrir la puerta de la cerca para llegar a ellas, y el perro está plácidamente tumbado ahí. Esas sí que tienen luz. Podría distribuirlas entre la nueva edición de José Menese, biografía jonda, de Génesis García –me interesan los puntos de vista de esta mujer y las reflexiones a que me obliga–, y la de Artistas, de James, Hawthorne y Kafka ‒«nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestro cometido».
El 24, martes, es Día de la Biblioteca. Fecha en la que Burgostecarios cumple su décimo aniversario. Ya sabemos que la mayoría de quienes aparecen en las tribunas públicas no frecuentan las bibliotecas –apenas si las consideran un apéndice electoralista–. Podríamos preguntarnos si tampoco lo hacen quienes llenan las plazas. Queda claro que no cuando se lleva entrada de alabarda. Y, en los casos en que sí las pisan, cuál es la utilidad de las mismas. En las estanterías se hallan numerosos testimonios de libertad, de entendimiento comunal, de iniciación, que superan las épocas de pandillas adolescentes y aborrecen las cadenas, largas o cortas.
«Yo llevo en el bolso mi porción de coltán», escribe Carmen Camacho en Campo de fuerza. Ahí pongo pétalos de rosa de las que aún florecen. Al igual que en los dos volúmenes de la Obra poética de Elena Martín Vivaldi (1907-1998), a la que homenajea Rafael Guillén: «Siempre llegamos a destiempo. / Cada llegada es un fracaso. / Parte ya el tren y conseguimos / subir en marcha. Todo en vano. / Nos lleva. Pero ya se ha ido».

[Salud. A la espera de que la Vida instaure examen de sentido común en quienes van a gobernar la res publica].

domingo, 15 de octubre de 2017

Miau. Animales domésticos

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Para Marta Sanz (1967) la literatura es una lupa, un instrumento para hacer visible aquello que tenemos a la vista pero que dejamos de lado. Sus novelas no dejan de soliviantar conciencias y hacen que quienes las leen se planteen cuestiones sobre asuntos en lo que habían pasado de puntillas. No es que sea una innovadora total ‒según pretenden algunas críticas‒, sino que conecta con esa corriente inquieta siempre presente en las letras españolas (y en las universales; no hay más que acordarse de la cofradía del cuero), si bien bastante apaciguada por la línea de las grandes editoriales, que prefieren los escritos cómodos.
Animales domésticos (2003) es una novela de Marta Sanz, el origen de cuyo título no deja de ser sorprendente. En una reunión a la que asistía la autora con gente lectora, una mujer comentó que había dejado de leer. Ante ello se interesan por conocer las razones. La susodicha refiere entonces que cada vez que leía un libro nuevo, los miembros de su familia le iban pareciendo más insulsos y estúpidos; eran algo así como «animales domésticos». Y de ahí saca el título para esta obra de crítica a la familia entre sus espacios públicos y privados, que, a decir de algunos, se recrea reiteradamente en algunos clichés, hasta el punto de volverse tediosa en determinados apartados.
La citada novela toma su andamiaje de Miau (1888), de Benito Pérez Galdós (1843-1920), libro al que casualmente he vuelto en estos días de intermedio para disfrutar su prosa: «Cadalsito abría [la condenada Gramática] con prevención y veía las letras hormiguear sobre el papel iluminado por la luz de la lámpara colgante [de la cocina]. Parecían mosquitos revoloteando en un rayo de sol. Leía algunos renglones. “¿Qué es el adverbio?” Las letras de la respuesta eran las que se habían propuesto no dejarse leer, corriendo y saltando de una margen a otra». Obra que nos remite a la conjuración de las palabras del autor canario, en la que el aspecto animalesco de los personajes devienen en simbólicos. El propio Galdós la consideró «obra ligera y de poca piedra», pero el tiempo ha mostrado que no es un cabo suelto o sobras de una anterior. En ella andan los males de nuestra sociedad.

[Salud. A la espera de que la Vida deje de considerar un oficio el hacer políticas en la res publica].

domingo, 8 de octubre de 2017

Buenos días, guapa

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Tal vez hoy no podría considerarse un título ‘correcto’, pero se publicó en 1977 en el Berlín oriental y su autora, Maxi Wander (1933-1977), decidió darle esa cabecera: Buenos días, guapa; e introducirlo, para aclarar el origen de este epígrafe, con un par de las Canciones gitanas («¡Buenos días, guapa! / Por una mirada tuya / mil dinares son poco. […] Si no vienes, / sacaré del pan el cuchillo, / limpiaré del cuchillo las migas / y te lo clavaré en el corazón»). Se trata de la transcripción de diecinueve historias de mujeres desde 16 a 92 años, que sorprenden por su frescura, por su profundidad, por el cuidado que desprende el texto, por la dedicación que muestra en su confección, en su montaje (incluso alterando, a veces, recuerdos o testimonios).
No es de extrañar que las mujeres de Alemania occidental, la del europeísmo, se quedaran estupefactas viendo cómo sus compatriotas del otro lado del telón estaban bastante más avanzadas que ellas en la forma de llevar las relaciones personales y familiares, con su desparpajo sexual. Utopía en vivo, ¡eso sí que es una comunidad autónoma! La misma Maxi Wander, nacida en Viena, había decidido vivir en esa zona, debido a la hipocresía de la sociedad capitalista, aun siendo consciente del inmovilismo y aporía socialistas.
Es el reportaje de entrevistas, género literario tan valioso como otro cualquiera de ficción, premiado con el Nobel a Svetlana Aleksiévich en 2015, necesitado de empatía a la hora de conseguir el material y de sensibilidad a la hora de montarlo. Wander pudo aprender de Sara Kirsch (1935-2013, cuya poesía tenemos traducida), también asentada entonces en el Berlín oriental (del que fue expulsada), y autora de Die Pantherfrau. El encargo de realizar el libro lo había recibido su marido (del que contamos con su hermosa autobiografía, La buena vida), pero este comprendió que era un reto a la medida de Maxi. Eso sí, la fortuna se le mostró esquiva: el libro fue un éxito inmediato, pero se le había declarado un tumor que le cercenó la vida; a su entierro acudieron muchas mujeres a las que ayudó a transformarse, que continuaron ayudando a su familia.

[Salud. A la espera de que la Vida disuelva los caprichos (políticos y sociales) de quienes gobiernan la res publica].